Un nombre para la historia: Charles Darwin

Charles Darwin nació en Shrewsbury, una localidad cercana a Gales (Gran Bretaña), el 12 de febrero de 1809. Vio la luz en The Mount (El Monte), la mansión que edificó su padre, Robert Darwin, en una posición elevada sobre la ciudad.

Nieto de hombres ilustres

Su abuelo materno fue Josiah Wedgwood (1744-1817), un alfarero que comenzó su carrera reparando porcelana china y de Delft. Se hizo rico y famoso al copiar el diseño de una jarra, erróneamente identificada como etrusca, el nuevo servicio se convirtió en Vajilla Real.
Su abuelo paterno, Erasmus Darwin (1731-1802), fue un médico, naturalista, fisiólogo, filósofo británico, que escribió sobre temas de medicina, de botánica, además de libros de poesía.
Ambos pertenecían a un club de caballeros interesados en la ciencia, la Sociedad Lunar de Birmingham, que celebraba sus reuniones las noches de luna llena porque su luz les permitía regresar a casa sanos y salvos en una época sin alumbrado público.

Un alumno normalito

El joven Charles era lo que su tío Joshiah llamaba “un hombre con una curiosidad sin límites”. Nadie que lo conociera de sus tiempos de escuela hubiera podido imaginarlo convertido en el refundador de la biología. Según las propias palabras de Darwin en su Autobiografía, “cuando salí de la escuela, no era ni muy brillante ni muy torpe para mi edad; creo que mis maestros y mi padre me consideraban un muchacho normal, quizá por debajo del nivel intelectual medio”.

En la universidad

Darwin pertenecía a una distinguida familia de médicos. Buscando continuar la tradición familiar, su padre Robert le envió a estudiar medicina a Edimburgo en el otoño de 1825, cuando Charles contaba con 16 años de edad. Sin embargo, no estaba por la labor de suceder a su padre en la profesión, que tenía por entonces 61 años. Charles llevaba dos años en Edimburgo dedicándose a menesteres tan poco médicos como la zoología, la geología o la taxidermia, cuando su padre se enteró de que no quería ser médico… por boca de sus hermanas. Y mientras Charles se esforzaba en no pasar las vacaciones en casa, recorriendo con su tío Josiah Escocia, Irlanda, Londres y París, su padre decidió que entonces debía hacerse clérigo. Y nada mejor que Cambridge para ello.
“Durante los tres años que pasé en Cambridge, desde el punto de vista de mis estudios académicos, perdí el tiempo tan lamentablemente como en Edimburgo y en la escuela”, escribiría el propio Darwin al final de sus días. “Sé que debería sentirme avergonzado de los días y tardes pasados de aquella manera”, escribió reconociendo su fracaso… y su pasión por la caza. Al final, con buenas calificaciones en geometría y en los clásicos, obtuvo el título.

Mentores e intereses

Los secretos del oficio de naturalista los aprendió de la mano de estos dos grandes de su época: el geólogo Adam Sedgwick y el botánico John Stevens Henslow. En la primavera de 1831 Darwin abandonó Cambridge y las tardes de botánica, entomología, química, mineralogía y zoología con Henslow (sus compañeros de clase lo conocían como “el hombre que pasea con Henslow”). Charles acababa de leer Viaje a las regiones equinocciales del Nuevo Continente, que le había despertado su interés por viajar a Tenerife, hasta el punto que se dedicó a buscar barcos que le llevaran hasta allí y empezó a estudiar español.

El momento decisivo

El 24 de agosto de 1831 Henslow le informó de la oferta del capitán del HMS Beagle de “ceder parte de su propio camarote a un joven que se ofrezca como voluntario para acompañarle, sin retribución alguna, como naturalista, durante el viaje del Beagle”. El empleo consistía en recoger, observar y anotar todo lo posible sobre los animales y plantas que se encontraran durante su periplo. En realidad el verdadero motivo era proveer a Fitzroy de alguien que no fuera un subalterno con quien poder hablar. A causa de la férrea disciplina de la marina inglesa, a quien detentaba el mando de un barco de Su Graciosa Majestad siempre le acompañaba una profunda y, en ocasiones, insoportable sensación de soledad. Los suicidios no era moneda extraña entre los capitanes.

Los motes de Darwin

Debido tanto a su personalidad como a su influencia en el pensamiento, no es de extrañar que acumule en su haber un gran número de apodos. Así, los periodistas, entre respetuosos y cínicos, lo llamaban el sabio de Down, en alusión al lugar donde se hallaba su casa, o el santo de la ciencia. Su amigo Thomas Huxley lo llamaba en privado el zar de Down y el papa de la ciencia.
Durante su niñez, y a causa de su afición por los experimentos químicos, su hermano Erasmus lo llamó durante años Gas porque provocó una explosión. En Cambridge, su continuo deambular con el botánico Henslow hizo que se le conociera como el hombre que pasea con Henslow. Por el contrario, en el Beagle tuvo dos motes. Uno era el que le pusieron el capitán y los oficiales: filósofo o el más reducido de filos, que hace honor a esa aberrante manía anglosajona de convertir en diminutivos todo nombre. El resto de la tripulación lo llamaba “papamoscas” al llenar la cubierta de especímenes varios.
Su mote favorito fue el de Stultis el Necio pues, como confesó a un amigo, “me gustan los experimentos tontos y siempre los estoy haciendo”.

Darwin y el matrimonio

A finales de 1837 Charles Darwin se sentaba solemnemente ante una hoja de papel. No nos imaginemos que se disponía a comenzar la gran obra de su vida y por la que ha sido y será tan admirado como vilipendiado. El motivo era otro mucho más mundano pero no menos importante: quería decidir si debía casarse.

En aquella hoja empezó a escribir las ventajas y los inconvenientes del matrimonio. Entre las ventajas enumeraba: «los hijos 'constante compañía (amistad en la vejez)', el placer de la música y de la conversación femenina, buena para la salud».

Frente a ello oponía «una terrible pérdida de tiempo» por culpa de la obligatoria e inexcusable vida social, tanto con las amistades como el tener que hacer visitas y recibir a los familiares, los gastos y la preocupación de los hijos, y estar atado a una casa.
Al final el bueno de Darwin se dejó llevar por sus sentimientos y escribió:

Dios mío, es insoportable pensar en pasarse toda la vida como una abeja obrera, trabajando, trabajando, y sin hacer nada más. No, no, eso no puede ser. Imagínate lo que puede ser pasarse el día entero solo en el sucio y ennegrecido Londres. Piensa sólo en una esposa buena y cariñosa sentada en un sofá, con la chimenea encendida, y libros y quizá música… Cásate, cásate, cásate.

Tras convencerse que debía casarse tenía encontrar con quién. Y esa quién era Emma Wedgwood, una de las hijas de su tío Josiah. El 11 de noviembre de 1838 pidió su mano, que le fue concedida.

Darwin y Emma

Charles no podía haber encontrado una esposa más adecuada a sus intereses. Emma era una mujer atractiva e inteligente, de carácter decidido y capaz. Cuando después de pedir su mano regresó a Londres, Darwin se puso a buscar casa y adquirió una sin consultar con quien sería su futura esposa: algo impensable tanto entonces como hoy.

El 29 de enero de 1839 se casó. Justo cinco días antes había sido nombrado miembro de la institución científica más prestigiosa de Gran Bretaña: la Royal Society. Tras la celebración se instalaron en Londres; no hubo luna de miel, había que seguir trabajando.Y aunque se amaron intensamente, los dos sufrieron por sus irreconciliables diferencias religiosas. En una carta que le escribió Emma antes de casarse le suplicaba que abandonase su manía de «no creerse nada hasta que esté demostrado». Darwin dijo que era una carta preciosa y escribió en el sobre:

Cuando esté muerto, quiero que sepas cuántas veces la he besado y he llorado sobre ella.