A la sombra de Darwin

El punto más alto de Singapur es una colina llamada Bukit Timah, de 163 m de altura. Situado a 10 km del centro, es el distrito más caro de la ciudad, donde es imposible alquilar una casa por menos de 4.000 euros (5.000 dólares). Aquí podemos encontrar una pequeña calle, Wallace Way. Un nombre que poco tiene que ver con el mundo de los negocios y más con la diminuta reserva natural (poco más de un km2) que se encuentra en esta zona. A pesar de su tamaño, contiene una enorme variedad biológica: más de 800 especies de flores y más de 500 de animales lo convierte en “uno de los lugares más productivos de la naturaleza”, tal como expresó uno de los naturalistas más importantes de todos los tiempos, Alfred Russel Wallace.

Sin formación académica, este coleccionista profesional de ejemplares de historia natural llegó a Singapur a bordo de un mercante de la Compañía de las Indias Orientales el 18 de abril de 1854. No tenía ningún plan salvo el obvio: recoger especímenes para venderlos de regreso a Londres. Y esperaba tener más suerte que en su anterior –y primera- expedición al Amazonas.

El recolector

En 1848 Wallace, que contaba con 25 años de edad, se embarcó a bordo del Mischief rumbo a Sudamérica. Durante más de cuatro años exploró el Amazonas y el Río Negro, donde varias veces estuvo a punto de desaparecer sin dejar rastro. Y si no hubiera sido poco lo sufrido en las selvas sudamericanas, de regreso a Inglaterra su barco, el bergantín Helen, se incendió y Wallace perdió la colección de animales y plantas que con tanto esfuerzo y sufrimiento había recogido. Junto con algunos tripulantes, el pobre naturalista fue rescatado diez días después en un bote a la deriva. Del desastre solo pudo llevar consigo algunos de sus cuadernos donde había anotado escrupulosamente sus observaciones de la geografía, fauna y flora de la Amazonía y de las gentes que la habitaban. El resto, prácticamente todo su trabajo, se perdió en el fondo del mar.

Camino de Malasia

Inasequible al desaliento, dos años más tarde del desastre, en 1854, Wallace volvió a la carga. Sudamérica se había convertido en foco de atención de los naturalistas a la hora de recolectar especímenes, por lo que Wallace decidió marchar al ignoto archipiélago malayo, hoy Indonesia. Durante ocho años recorrió más de 20.000 kilómetros y recogió más de 126.000 especímenes, de los cuales unos 80.000 fueron escarabajos. Entre sus descubrimientos más llamativos se encuentra la rana Rhacophorus nigropalmatus, o rana voladora de Wallace, cuyos enormes pies palmeados le permiten planear al suelo desde las copas de los árboles. Al contrario que Darwin, Wallace aprendió el malayo y otras lenguas tribales pues también estaba muy interesado en "familiarizarse con las costumbres, hábitos y modos de pensamiento de pueblos tan apartados de las razas europeas". Pero su mayor descubrimiento estaba por llegar.

Una idea feliz

En febrero 1855, mientras se encontraba en Sarawak, en la isla de Borneo, se le ocurrió la idea de que las especies debían cambiar con el tiempo. Allí escribió el artículo Sobre la ley que ha regulado la aparición de nuevas especies, publicado en septiembre de ese año en Annals and Magazine of Natural History y con el que puso las bases de la biogeografía. En él enunció la que a veces es conocida como Ley de Sarawak: "Todas las especies han comenzado a existir coincidiendo en el tiempo y en el espacio con una especie preexistente estrechamente relacionada”.

Y añadía: “la situación actual del mundo orgánico es el resultado claro de un proceso natural de extinción y creación gradual de especies". Hoy es fácil intuir en sus palabras el cambio conceptual que se avecinaba, pero entonces el artículo pasó desapercibido incluso para Charles Darwin. Quizá con displicencia, anotó al margen de su ejemplar de la revista: "Nada nuevo, utiliza mi símil del árbol, parece todo creación en él". Según comenta el biólogo Miguel Delibes, a Darwin es posible que “le resultaba muy difícil imaginar que un colector comercial como Wallace llegara a hacerle sombra”.

Craso error. Tres años después Wallace llegó a la conclusión de que los cambios en las especies se producían debido a lo que llamó la supervivencia de los más aptos. Curiosamente, llegó a esta conclusión siguiendo el mismo camino que Darwin: tras leer Ensayo sobre los principios de la población de Malthus. Según confesó en su autobiografía, fueron sus estudios biogeográficos los que le convencieron de la realidad de la evolución: "El problema entonces era no sólo cómo y por qué las especies cambian, sino cómo y por qué cambian a nuevas y bien definidas especies; por qué y cómo acaban estando tan bien adaptadas a distintas formas de vida".

La sorpresa de Darwin

En febrero de 1858, en una de las islas del archipiélago malayo (probablemente Halmahera, la mayor de las Islas Molucas), nuestro querido aventurero inglés, envuelto en una manta en espera a que se le pasara el ataque de malaria, ponía en orden sus ideas acerca del origen de las especies, el problema que le había obsesionado durante once años. Una vez recuperado, Wallace se sentó y en dos días escribió el artículo titulado Sobre la tendencia de las variedades a desviarse indefinidamente del tipo original. Metió las páginas en un sobre y lo envió para que lo revisara el más grande naturalista de Inglaterra, Charles Darwin. Este ya había planeado en 1844 contar al mundo los descubrimientos que le condujeron hacia el mecanismo que guía la evolución de las especies, que él llamaba selección natural. Pero Darwin no era un hombre con demasiada prisa y después de 14 años todavía no lo había hecho. En 1856, animado por sus amigos Hooker y Lyell, comenzó a escribir su obra definitiva de título La selección natural. Dos años más tarde estaba a punto de acabar el undécimo capítulo cuando recibió el manuscrito de Wallace.

La sorpresa de Darwin fue mayúscula: lo que había escrito este recolector de especies profesional eran sus mismas ideas, algunas de ellas expresadas de manera parecida.