El monje y los guisantes

El gran hallazgo de Darwin (y Wallace) fue descubrir el mecanismo por el cual las especies cambian: la selección natural. ¿Pero cómo se heredan esas características?

Ninguno de los dos fue capaz de describir cómo pasaban de padres a hijos y por eso la teoría de la evolución estaba coja. Darwin se sentía tan poco seguro sobre el problema de la herencia que fue abandonando paulatinamente la selección natural como mecanismo de la evolución, hasta el punto que en la última edición de El origen de las especies (16ª) redujo su importancia hasta convertirla en un mecanismo más de los muchos posibles que guían la evolución de las especies.

Sin embargo, Wallace siguió acumulando pruebas a favor de la selección natural y defendiendo que este mecanismo era el autor de la evolución. En 1889, siete años después de la muerte de Darwin, publicó una encendida defensa de la selección natural en una obra titulada, curiosamente, Darwinismo.

Paradójicamente, y debido a sus fuertes creencias espiritistas, Wallace sacó fuera de la evolución al cerebro humano. Para él nuestros cuerpos estuvieron sometidos a la selección natural, pero el etéreo mundo de los espíritus inyectó en cierto momento la conciencia en el ser humano.

Ese país desconocido: la genética

Todos los puntos débiles de la teoría de Darwin eran debidos a su desconocimiento de las leyes de la genética que se podrían haber subsanado si seis años después de la aparición del Origen hubieran llegado a manos del naturalista los resultados de los escrupulosos experimentos con guisantes que realizó un oscuro sacerdote de un monasterio agustino -del cual llegaría a ser abad- en la entonces ciudad austríaca de Brünn -hoy Brno, en Chequia- de nombre Gregor Johann Mendel.

Por desgracia, sus hallazgos quedaron sepultados en una no menos oscura publicación llamada Transacciones de la Sociedad de Historia Natural de Brünn hasta 1900, cuando tres europeos, Hugo de Vries, Carl Correns y Erich Tschermak, redescubrieron las leyes de la herencia que 35 años antes había encontrado este monje en su pequeño huerto de 35 metros de largo por 7 de ancho situado junto al muro del patio del convento.

En realidad, parece ser que el famoso “redescubrimiento” de las leyes de Mendel no es más que una leyenda. Lo que sucedió es que estos autores pudieron interpretar sus resultados a la manera de Mendel tras leer su hoy famoso artículo: “En otras palabras, ¡Mendel les dijo qué era lo que estaban viendo!”, comenta el antropólogo Richard Milner.

Para hacernos una idea de que este descubrimiento solo pudo realizarse gracias a la proverbial paciencia de los monjes, baste decir que de los 34 tipos de semillas de guisantes diferentes que Mendel se hizo enviar de sus proveedores, seleccionó 22 para sus experimentos... ¡tras dos años de ensayos!

Herencia mendeliana

La idea esencial era que las unidades de la herencia, lo que tiempo más tarde llamaríamos genes, se transmitían sin cambio, de generación en generación, y en cada una de ellas se redistribuían determinadas combinaciones de estas unidades. Mendel era un aficionado a la jardinería y a las matemáticas. Durante ocho años se dedicó a cultivar guisantes y a autopolinizarlos con sumo cuidado. Comprobó que si plantaba semillas de guisantes enanos sólo crecían guisantes enanos y éstos sólo da­ban guisantes enanos. Sin embargo las plantas grandes de guisante no se comportaban así. Unas daban siempre plantas grandes pero otras, la mayo­ría, engendraban plantas enanas. Intrigado por este descubrimiento empezó a realizar los experimentos que llevarían a sus famosas leyes... que nunca enunció: “No fueron nunca formuladas claramente por Mendel, sino que sus redescubridores las leyeron como tales en la obra”, añade Milner.